agosto 06, 2006

SOBRE UNA CIVILIZACIÓN EXHAUSTA. E.M. Cioran

Tomado del libro: La Tentación de Existir (La tentation d'exister – 1972 ) de E. M. Cioran.

Por favor no me juzguen por acercar un poco de sentido a este blog, que de por sí carece de él…

Sobre una civilización exhausta

El que pertenece orgánicamente a una civilización no sabría identificar la naturaleza del mal que la mina. Su diagnóstico apenas cuenta; el juicio que formula sobre ella le concierne; la trata con miramientos por egoísmo.

Más despegado, más libre, el recién llegado la examina sin cálculo y capta mejor sus desfallecimientos. Si está perdida, él aceptará la necesidad de perderse también, de constatar sobre ella y sobre sí mismo los afectos del fatum. En cuanto a remedios, ni posee ni propone ninguno. Como sabe que no se puede curar el destino, no se erige como saludador de nadie. Su única ambición: estar a la altura de lo Incurable...

Ante la acumulación de sus éxitos, los países de Occidente no necesitaron mucho trabajo para exaltar la historia, para atribuirle una significación y una finalidad. Les pertenecía, eran sus agentes: debía pues seguir una marcha racional... De este modo, la colocaron alternativamente bajo el patronazgo de la Providencia, de la Razón y del Progreso. El sentido de la fatalidad les faltaba; comenzaron finalmente a adquirirlo, aterrados por la ausencia que les acecha, por la perspectiva de su eclipse. De ser sujetos han pasado a objetos, desposeídos para siempre de esa irradiación, de esa admirable megalomanía, que hasta ahora los había cerrado a lo irreparable. Son hoy tan conscientes de esto, que miden la estupidez de un espíritu por su grado de apego a los acontecimientos. ¿Qué hay de más normal, dado que los acontecimientos pasan en otra parte? Uno no se sacrifica más que si conserva la iniciativa. Pero por poco que se guarde el recuerdo de una antigua supremacía, aún se sueña con sobresalir, aunque no sea no más que en el azoro.

Francia, Inglaterra, Alemania, tienen su período de expansión y de locura tras ellas. Es el fin de lo insensato, el comienzo de las guerras defensivas. Ya no más aventuras colectivas, no más ciudadanos, sino individuos lívidos y desengañados, capaces todavía de responder a una utopía, a condición, sin embargo, de que venga de fuera, y de que no deba tomarse la molestia de concebirla. Si antaño morían por el sinsentido de la gloria, ahora se abandonan a un frenesí reivindicador; la «felicidad» les tienta; es su último prejuicio, del cual ese pecado de optimismo que es el marxismo toma su energía. Cegarse, servir, entregarse al ridículo o a la estupidez de una causa, otras tantas extravagancias de las que ya no son capaces. Cuando una nación comienza a deslucirse, se orienta hacia la condición de masa. Aunque dispusiese de mil Napoleones seguiría rehusándose a comprometer su reposo o el de los otros. Con reflejos claudicantes, ¿a quién aterrorizar y cómo? Si todos los pueblos estuviesen en el mismo grada de fosilización o de cobardía se entenderían fácilmente: sucedería a la inseguridad la permanencia de un pacto de cobardes... Apostar a la desaparición de los instintos guerreros, creer en la generalización de la decrepitud o del idilio, el ver lejos, demasiado lejos: la utopía es presbicia de los pueblos viejos. Los pueblos jóvenes, a los que repugna buscarse la escapatoria de una ilusión, ven las cosas bajo el prisma de la acción: su perspectiva es proporcionada a sus empresas. Sacrifican la comodidad a la aventura, la dicha a la eficacia, y no admiten la legitimidad de ideas contradictorias, la coexistencia dc posiciones antinómicas: ¿qué otra cosa quieren sino disminuir nuestras inquietudes por medio de... el terror y revigorizarnos triturándonos? Todos sus éxitos les vienen de su salvajismo, pues lo que cuenta en ellos no son sus sueños, sino sus impulsos. ¿Que se inclinan a una ideología? Aviva su furor, hace valer su trasfondo bárbaro y les mantiene despiertos. Cuando los pueblos viejos adoptan una, les embota, mientras les dispensa esa pizca de fiebre que les permite creerse vivos de algún modo: ligero empujón de lo ilusorio...

Una civilización no existe ni se afirma más que por actos de provocación. ¿Que comienza a sentar cabeza? Entonces, se pulveriza. Sus momentos son momentos temibles, durante los cuales, lejos de almacenar sus fuerzas, las prodiga. Ávida de extenuarse, Francia se atareó en derrochar las suyas; lo consiguió, ayudada por su orgullo, su celo agresivo (¿acaso no ha hecho, en mil años más guerras que ningún otro país?). Pese a su sentido del equilibrio ‑incluso sus excesos fueron felices‑ no podía acceder a la supremacía más que con detrimento de su sustancia. Agotarse: hizo de ello cuestión de honor. Enamorada de la fórmula, de la idea explosiva, del estrépito ideológico, puso su genio y su vanidad al servicio de todos los acontecimientos ocurridos en estos diez últimos siglos. Y, tras haber sido la vedette, hela aquí resignada, temerosa, rumiando pesares y aprehensiones y descansando de su esplendor, de su pasado. Huye de su rostro, tiembla delante del espejo... Las arrugas de una nación son tan visibles como las de un individuo.

Cuando se ha hecho una gran revolución, ya no se hace estallar otra de la misma importancia. Si se ha sido durante largo tiempo árbitro del gusto, una vez perdido el puesto ni siquiera se trata de reconquistarlo. Cuando se desea el anonimato, se harta uno de servir de modelo, de ser seguido e imitado: ¿de qué sirve mantener todavía la fachada para entregarse al universo?

Francia conoce demasiado bien estas perogrulladas como para repetírselas. Nación del gesto, nación teatral, gustaba tanto de su papel como su público. Pero ya está harta, quiere retirarse del escenario, y no aspira más que a los decorados del olvido.

De que ha gastado su inspiración y sus dones no cabe duda, pero sería injusto reprochárselo: tanto daría acusarla de haberse realizado cumplidamente. Las virtudes que hacían de ella una nación privilegiada las ha embotado, a fuerza de cultivarlas, de hacerlas valer, y no es por falta de ejercicio por lo que sus talentos palidecen hoy y se borran. Si el ideal del bien‑vivir (manía de las épocas declinantes) la acapara, la obsesiona, la solicita únicamente, es que ya no es más que un hombre para una totalidad de individuos, una sociedad más bien que una voluntad histórica. Su asco por sus antiguas ambiciones de universalidad y de omnipresencia alcanza tales proporciones que sólo un milagro puede salvarla de un destino provinciano.

Desde que ha abandonado sus designios de dominio y conquista, la murria, hastío generalizado, la mina. Azote de las naciones en franca defensiva, devasta su vitalidad; mejor que precaverse de ella, la sufren y se habitúan hasta el punto de no poder pasarse sin ella. Entre la vida y la muerte, encontrarán siempre suficiente espacio para escamotear una y otra, para evitar vivir y para evitar morir. Caídas en una catalepsia, soñando con un statu quo eterno, ¿cómo reaccionarán contra la oscuridad que las asedia, contra el avance de las civilizaciones opacas?

Si queremos saber lo que ha sido un pueblo y por qué es indigno de su pasado, no tenemos más que examinar las figuras que más lo marcaron. Lo que fue Inglaterra, los retratos de sus grandes hombres lo dicen suficientemente. ¡Qué arrobo contemplar, en la National Gallery, esas cabezas viriles, a veces delicadas, la más a menudo monstruosas, la energía que se desprende de ellas, la originalidad de los rasgos, la arrogancia y la solidez de la mirada! Después, al pensar en la timidez en el buen sentido, en la corrección de los ingleses de hoy, comprendemos porqué no saben ya interpretar a Shakespeare, porqué lo vuelven soso y lo emasculan. Están tan alejados de él como deberían estarlo de Esquilo los griegos tardíos. Ya no hay nada de isabelismo en ellos: emplean lo que les queda de «carácter» en salvar las apariencias, en cuidar la fachada. Siempre se paga caro haber tomado la «civilización» en serio, haberla asimilado excesivamente.

Quién ayuda a la formación de un imperio? Los aventureros, los brutos los bribones, todos los que carecen del prejuicio del «hombre». Al salir de la Edad Media, Inglaterra, desbordante de vida, era feroz y triste; ninguna preocupación de honorabilidad venía a turbar su afán de expansión. Emanaba de ella esa melancolía de la fuerza tan característica de los personajes shakesperianos. Pensemos en Hamlet, ese pirata soñador: sus dudas no alteran su fogosidad: nada hay en él de la debilidad de un razonador. ¿Sus escrúpulos? Los crea por derroche de energía, por gusto del éxito, por la tensión de una voluntad inagotablemente enferma. Nadie fue más liberal, más generoso con sus propios tormentos, ni los prodigó tanto. ¡Lujuriantes ansiedades! ¿cómo los ingleses actuales se alzarían hasta ellas? Por lo demás, tampoco lo pretenden. Su ideal es el hombre como es debido: se acercan a él peligrosamente. Aquí tenemos a la única nación, poco más o menos, que en un universo desmelenado se obstina todavía en tener «estilo». La ausencia de vulgaridad toma allí dimensiones alarmantes: ser impersonal constituye un imperativo, hacer bostezar al otro, una ley. A fuerza de distinción y de sosería. El inglés se hace más y más impenetrable y desconcierta por el misterio que se le supone a despecho de la evidencia.

Reaccionando contra su propio fundamento, contra sus maneras de antaño, minado por la prudencia y la modestia, se ha forjado un comportamiento, una regla de conducta que debía apartarla de su genio. ¿Dónde están sus manifestaciones de descaro y de soberbia, sus desafíos, sus arrogancias de antaño? El romanticismo fue el último sobresalto de su orgullo. Después, circunspecto y virtuoso, permite que se desperdigue la herencia de cinismo y de insolencia de la que se le suponía tan orgulloso. En vano se buscarían las huellas del bárbaro que fue: todos sus instintos están yugulados por su decencia. En lugar de azotarle, de estimular sus locuras, sus filósofos le han empujado hacia el callejón sin salida de la felicidad. Decidido a ser feliz, acaba por serlo. Y de su felicidad, exenta de plenitud, de riesgo, de toda sugestión trágica, ha hecho esa mediocridad envolvente de la que gozará para siempre. ¿Hay que asombrarse de que se haya convertido en el personaje que imitó el norte, un modelo, un ideal para vikingos marchitos? Mientras era poderoso, se le detestaba y se le temía; ahora, se le comprende; pronto se le amará... Ya no es una pesadilla para nadie. Se prohíbe el exceso y el delirio, se ve en ellos una aberración o una descortesía. ¡Qué contraste entre sus antiguos desbordamientos y la sabiduría que hoy frecuenta! Sólo a precio de grandes abdicaciones llega un pueblo a ser normal.

«Si el sol y la luna se pusiesen a dudar, se apagarían de inmediato» (Blake). Europa duda desde hace mucho..., si su eclipse nos turba Americanos y Rusos lo contemplan, ora con serenidad, ora con alegría.

América se yergue ante el mundo como una nada impetuosa, como una fatalidad sin sustancia. Nada la preparaba para la hegemonía; tiende, sin embargo, hacia ella, no sin alguna vacilación. Al revés que otras naciones, que tuvieron que pasar por toda una serie de humillaciones y derrotas, no ha conocido hasta ahora más que la esterilidad de una suerte ininterrumpida. Si, en lo futuro, todo le sale igual de bien su aparición habrá sido un accidente sin trascendencia. Los que presiden sus destinos, los que se toman a pecho sus intereses, deberían prepararla malos días; para dejar de ser monstruo superficial, una prueba de envergadura le es necesaria. Quizá no está ya lejos. Tras haber vivido hasta ahora fuera del infierno, se dispone a descender a él. Si se busca un destino, lo encontrará más que en la ruina de todo lo que fue su razón de ser.

En lo que respecta a Rusia no se puede examinar su pasado sin experimentar un estremecimiento un espanto de calidad. Pasado sordo, lleno de espera, de ansiedad subterránea, pasado de topos iluminados. La irrupción de los rusos hará temblar a las naciones; por el momento, han introducido ya el absoluto en política. Es el desafío que arrojan a una humanidad recomida de dudas y a la que no dejarán de dar el golpe dc gracia. Si nosotros ya no tenemos alma, ellos tienen para dar y tomar. Cerca de sus orígenes, de ese universo afectivo en el que el espíritu se adhiere aún al suelo, a la sangre, a la carne, ellos sienten lo que piensan; sus verdades, como sus errores, son sensaciones, estimulantes, actos. De hecho, no piensan: estallan. Todavía en el estadio en que la inteligencia no atenúa ni disuelve las obsesiones, ignoran los efectos nocivos de la reflexión, como son puntos extremos de la conciencia en que ésta se convierte en factor de desarraigamiento y de anemia. Pueden, pues, arrancar tranquilamente. ¿Con qué tienen que enfrentarse, más que con un mundo linfático? Nada ante ellos, nada vivo con lo que puedan chocar, ningún obstáculo: ¿acaso no fue uno de ellos quien fue el primero en emplear, en pleno siglo XIX, la palabra «cementerio», a propósito de Occidente? Pronto llegarán en masa para visitar su carroña. Sus pasos son ya perceptibles para los oídos delicados. ¿Quién podría oponer, a sus supersticiones en marcha, aunque no fuera más que un simulacro de certeza?

Desde el siglo de las Luces, Europa no ha dejado de zapar sus ídolos en nombre de la idea de tolerancia; al menos, mientras era poderosa, creía en esa idea y peleaba en su defensa. Sus mismas dudas no eran sino convicciones disfrazadas; como atestiguaban su fuerza, tenía el derecho de reclamarse de ellas y el medio de infligirlas; ahora ya no son más que síntomas de enervamiento, vagos sobresaltos de instinto atrofiado.

La destrucción de los ídolos arrastra la de los prejuicios. Pues bien, los prejuicios ‑aficiones orgánicas de una civilización‑ aseguran su duración y conservan su fisonomía. Debe respetarlos, si no todos, por lo menos los que le son propios y los cuales, en el pasado, tenían para ella la importancia de una superstición o un rito. Si los tiene por puras convenciones, se desprenderá de ellos más y más, sin poder reemplazarlos por sus propios medios, ¿Que dedicó un culto al capricho, a la libertad, al individuo? Conformismo de buena ley. Que cese de plegarse a él y capricho, libertad e individuo se convertirán en letra muerta.

Un mínimo de inconsciencia es indispensable si quiere uno mantenerse en la historia. Actuar es una cosa; saber que se actúa, otra. Cuando la clarividencia informa el acto se deshace y, con él, el prejuicio, cuya función consiste precisamente en subordinar, en someter la conciencia al acto. Quien desenmascara sus ficciones, renuncia a sus resortes y como a sí mismo. También aceptará otros que le negarán, porque no habrán surgido de su propio fondo. Ninguna persona preocupada por su equilibrio debería ir más allá de un cierto grado de lucidez y análisis. ¡Cuánto más cierto es esto de una civilización, que se tambalea a poco que denuncie los errores que permitieron su crecimiento y su brillo, por poco que ponga en cuestión sus verdades!

No se abusa sin riesgo de la facultad de dudar. Cuando cl escéptico no extrae de sus problemas y sus interrogaciones ninguna virtud activa, se aproxima a su desenlace, ¿qué digo? lo busca, corre hacia él: ¡que otro zanje sus incertidumbres, que otro le ayude a sucumbir! No sabiendo qué uso hacer de sus inquietudes y de su libertad, piensa con nostalgia en el verdugo, incluso le llama. Los que no han encontrado respuesta a nada soportan mejor los efectos de la tiranía que los que han encontrado respuesta a todo. Y así sucede que, para morir, los diletantes arman menos jaleo que los fanáticos. Durante la Revolución, más de uno de los primeros afrontó el cadalso con la sonrisa en los labios; cuando llegó el turno de los jacobinos subieron a él preocupados y sombríos: morían en nombre de una verdad, de un prejuicio. Hoy, miremos hacia donde miremos, no vemos más que sucedáneos de verdad, de prejuicio; aquellos a los que falta hasta ese sucedáneo, parecen más serenos, pero su sonrisa es maquinal: un pobre, un último reflejo de elegancia...

Ni rusos ni americanos estaban lo bastante maduros, ni intelectualmente lo bastante corrompidos para «salvar» a Europa o rehabilitar su decadencia. Los alemanes, contaminados de otro modo, hubieran podido prestarle un simulacro de duración, un tinte de porvenir. Pero, imperialistas en nombre de un sueño obtuso y de una ideología hostil a todos los valores surgidos en el Renacimiento, debían cumplir su misión al revés y echarlo a perder todo para siempre. Llamados a regir el continente, a darle una apariencia de ímpetu, aunque no fuera más que por unas cuantas generaciones (el siglo XX hubiera debido ser alemán, en el sentido en que el XVIII fue francés), se le arreglaron tan torpemente que apresuraron su desastre. No contentos de haberlo zarandeado y puesto patas arriba, se lo regalaron, además, a Rusia y América, pues es para éstas para quien supieron tan bien guerrear y hundirse. De este modo, héroes por cuenta de otros, autores de un trágico zafarrancho, han fracasado en su tarea, en su verdadero papel. Después de haber meditado y elaborado los temas del mundo moderno, y producido a Hegel y Marx, hubiera sido su deber ponerse al servicio de una idea universal, no de una visión de tribu. Y, sin embargo, esta misma visión, por grotesca que fuese, testimoniaba a su favor ¿acaso no revelaba que sólo ellos, en Occidente, conservaban algunos restos de barbarie, y que eran todavía capaces de un gran designio o de una vigorosa insanía? Pero ahora sabemos que no tienen ya el deseo ni la capacidad de precipitarse hacia nuevas aventuras, que su orgullo, al haber perdido su lozanía, se debilita como ellos, y que, ganados a su vez por el encanto del abandono, aportarán su modesta contribución al fracaso general.

Tal cual es, Occidente no subsistirá indefinidamente: se prepara para su fin, no sin conocer un período de sorpresas ... Pensemos en lo que ocurrió entre los siglos V y X. Una crisis mucho más grave le espera; otro estilo se dibujará, se formarán pueblos nuevos. Por el momento, afrontemos el caos. La mayoría ya se resigna a él. Invocando la historia con la idea de sucumbir a ella, abdicando en nombre del futuro, sueñan, por necesidad de esperar contra sí mismos, con verse remozados, pisoteados, «salvados»... Un sentimiento semejante había llevado a la antigüedad a ese suicidio que era la promesa cristiana.

El intelectual fatigado resume las deformidades y los vicios de un mundo a la deriva. No actúa: padece; si se vuelve hacia la idea de tolerancia, no encuentra en ella el excitante que necesita. Es el terror quien se lo proporciona, lo mismo que las doctrinas de las que es desenlace. ¿Que él es la primera víctima? No se quejará. Sólo le sucede la fuerza que le tritura. Querer ser libre es querer ser uno mismo; pero él ya está harto de ser él mismo, de caminar en lo incierto, de errar a través de las verdades. «Ponedme las cadenas de la Ilusión», suspira, mientras dice adiós a las peregrinaciones del Conocimiento. Así se lanzará de cabeza en cualquier mitología que le asegure la protección y la paz del yugo. Declinando el honor de asumir sus propias ansiedades, se comprometerá en empresas de las que obtendrá sensaciones que no sabría conseguir de sí mismo, de suerte que los excesos de su cansancio reforzarán las tiranías. Iglesias, ideologías, policías, buscad su origen en el horror que alimenta por su propia lucidez mejor que en la estupidez de las masas. Este aborto se transforma, en nombre de una utopía de pacotilla, en enterrador del intelecto y, persuadido de hacer un trabajo útil, prostituye el «estupidizaos», divisa trágica de un solitario.

Iconoclasta despechado, de vuelta de la paradoja y de la provocación, en busca de la impersonalidad y de la rutina, semi‑prosternado, maduro para el tópico, abdica de su singularidad y se une de nuevo a la turba. Ya no tiene nada que derribar, más que a sí mismo: último ídolo para combatir... Sus propios restos le atraen. Mientras los contempla, modela la figura de nuevos dioses o yergue de nuevo los antiguos, bautizándolos con un nuevo nombre. A falta de poder mantener todavía la dignidad de ser difícil, cada vez menos inclinado a sopesar las verdades, se contenta con las que se le ofrecen. Subproducto de su yo, va demoledor reblandecido‑ a reptar ante los altares o lo que ocupe su lugar. En el templo o en el mitin, su sitio está donde se canta, donde se tapa la voz, ya no se oye. ¿Parodia de creencia? Poco le importa, ya que él tampoco aspira a nada más que a desistir de sí mismo. ¡Su filosofía desemboca en un estribillo, su orgullo se hunde en un Hosanna!

Seamos justos: en el punto en que están las cosas ¿qué otra cosa podría hacer? El encanto y la Originalidad de Europa residen en la acuidad de su espíritu crítico, en su escepticismo militante, agresivo; este escepticismo ha concluido su época. De este modo el intelectual, frustrado de sus dudas, se busca las compensaciones del dogma. Llegado a los confines del análisis, aterrado de la nada que allí descubre, vuelve sobre sus pasos e intenta agarrarse a la primera certidumbre que pasa; pero le falta ingenuidad para adherirse a ella plenamente; a partir de entonces, fanático sin convicciones, ya no es más que un ideólogo, un pensador híbrido, como se encuentran en todos los períodos de transición. Participando de dos estilos diferentes es, por la forma de su inteligencia, tributario de lo que desaparece, y, por las ideas que defiende, de lo que se perfila. A fin de comprenderle mejor, imaginémonos un San Agustín convertido a medias, flotando y zigzagueando, y que no hubiera tomado del cristianismo más que el odio al mundo antiguo. ¿Acaso no estamos en una época simétrica de la que vio nacer La Ciudad de Dios? Difícilmente puede concebirse libro más actual. Hoy como entonces, los espíritus necesitan una verdad sencilla, una respuesta que los libre de sus interrogantes, un evangelio, una tumba.

Los momentos de refinamiento recelan un principio de muerte: nada más frágil que la sutileza. El abuso de ella lleva a los catecismos, conclusión de los juegos dialécticos, debilitamiento de un intelecto al que el instinto ya no asiste. La filosofía antigua, enmarañada en sus escrúpulos, había pese a ella misma abierto el camino a los simplismos barriobajeros; las sectas religiosas proliferaban; a las escuelas sucedieron los cultos. Una derrota análoga nos amenaza: ya hacen estragos las ideologías, mitologías degradadas que van a reducirnos, a anularnos. El fasto de nuestras contradicciones no nos será posible mantenerlo ya largo tiempo. Son numerosos los que se disponen a venerar cualquier ídolo y a servir a cualquier verdad, siempre que una y otra les sean infligidas y que no deban aportar el esfuerzo de elegir su vergüenza o su desastre.

Sea cual sea el mundo futuro, los occidentales desempeñarán en él el papel de los graeculi en el imperio romano. Buscados y despreciados por el nuevo conquistador, no tendrán, para imponerse a él, más que los malabarismos de su inteligencia y el maquillaje de su pasado. Ya se distinguen en el arte de sobrevivir. Síntomas de acabamiento por doquiera: Alemania ha dado su medida en la música: ¿cómo creer que descollará en ella todavía? Ha gastado los recursos de su profundidad, como Francia los de su elegancia. Una y otra ‑y, con ellas, toda esa parte del mundo‑ están en quiebra, la más prestigiosa desde la antigüedad. Vendrá después la liquidación: perspectiva no desdeñable, respiro cuya duración no se deja evaluar fácilmente, período de facilidad en el que cada uno, ante la liberación finalmente llegada, estará feliz de tener tras de sí las torturas de la esperanza y de la espera.

En medio de sus perplejidades y sus apatías, Europa guarda, sin embargo, una convicción, sólo una, de la que por nada del mundo consentiría separarse la de tener un porvenir de víctima, de sacrificada. Firme e intratable por una vez, se cree perdida, quiere estarlo y lo está. Por otra parte ¿acaso no le han enseñado desde hace mucho que nuevas razas vendrían a reducirla y humillarla? En el momento en que parecía en pleno auge, en el siglo XVIII, el abate Galiani constataba ya que estaba en su declive y se lo anunciaba. Rousseau, por su parte, vaticinaba: «Los tártaros se convertirán en nuestros amos: esta revolución me parece infalible». Decía la verdad. Por lo que respecta al siglo siguiente, es conocida la célebre frase de Napoleón sobre los cosacos y las angustias proféticas de Tocqueville, de Michelet o de Renán. Estos presentimientos han tomado cuerpo, estas intuiciones pertenecen ahora a las pertenencias de lo vulgar. No se abdica de un día para otro: es precisa una atmósfera de retroceso cuidadosamente fomentada, una leyenda de derrota. Esta atmósfera está creada, como la leyenda. Y lo mismo que los precolombinos, preparados y resignados a sufrir la invasión de los conquistadores lejanos, debían resquebrajarse cuando estos llegaron, igualmente los occidentales, demasiado instruidos, demasiado penetrados de su servidumbre futura, no emprenderán, sin duda, nada para conjurarla. No tendrían, por otra parte, ni los medios ni el deseo, ni la audacia. Los cruzados, convertidos en jardineros, se han desvanecido de esa posteridad casera en la que ya no queda ninguna huella de nomadismo. Pero la historia es nostálgica del espacio y horror del hogar, sueño vagabundo y necesidad de morir lejos..., por la historia es precisamente lo que ya no vemos en torno nuestro.

Existe una saciedad que instiga al descubrimiento, a la invención de mitos, mentiras instigadoras dc acciones: es ardor insatisfecho, entusiasmo mórbido que se transforma en sano en cuanto se fija en un objetivo existe otra que disociando al espíritu de sus poderes y a la vida de sus resurtes, empobrece y reseca. Hipóstasis caricaturesca del hastío, deshace los mitos o falsea su empleo. Una enfermedad, en resumen. Quien quiera conocer sus síntomas y su gravedad, se equivocaría en ir a buscarlos lejos: que se observe a sí mismo, que descubra hasta qué punto de Oeste le ha marcado ...

Si la fuerza es contagiosa, la debilidad no lo es menos: tiene sus atractivos; no es fácil resistírsele. Cuando los débiles son legión, os encantan os aplastan: ¿cómo luchar contra un continente de abúlicos? Dado que el mal de la voluntad es además agradable, uno se entrega a él gustoso. Nada más dulce que arrastrarse al margen de los acontecimientos; y nada más razonable. Pero sin una fuerte dosis de demencia, no hay iniciativa alguna, ni empresa, ni gesto. La razón: herrumbre de nuestra vitalidad. Es el loco que hay en nosotros el que nos obliga a la aventura; si nos abandona, estamos perdidos: todo de ende de él, incluso nuestra vida vegetativa; es él quien nos invita a respirar, quien nos fuerza a ello, y es también él quien empuja a la sangre a pasearse por nuestras venas. ¡Si se retira, nos quedamos solos! No se puede ser normal y vivo a la vez. Si me mantengo en posición vertical y me dispongo a ocupar el instante venidero, si, en suma, concibo un futuro, es a causa de un afortunado desarreglo de mi espíritu. Subsisto y actúo en la medida en que desvarío, en que llevo a bien mis divagaciones. En cuanto me vuelvo sensato, todo me intimida: me deslizo hacia la ausencia, hacia manantiales que no se dignan afluir, hacia esa postración que la vida debió conocer antes de concebir el movimiento, accedo a fuerza de cobardía al fondo de las cosas, completamente arrinconado hacia un abismo en el que nada puedo hacer, ya que me aísla del futuro. Un individuo, tal como un pueblo o un continente, se extingue cuando le repugnan los designios y los actos irreflexivos, cuando, en lugar de arriesgarse, y precipitarse hacia el ser, se refugia en él, retrocede a él: ¡metafísica de la regresión, del más acá, retroceso hacia lo primordial! En su terrible ponderación, Europa se rechaza a sí misma, el recuerdo de sus impertinencias y sus bravatas, y hasta esa pasión de lo inevitable último honor de la derrota. Refractaria a toda forma de exceso, a toda forma de vida, deliberará siempre, incluso después de haber dejado de existir: ¿acaso no hace ya el efecto de un conciliábulo de espectros?

Recuerdo a un pobre diablo que, todavía acostado a una hora avanzada de la mañana, se dirigía a si mismo, en un tono imperativo: «¡Quiere! ¡Quiere!». La comedia se repetía todos los días: se imponía una tarea que no podía cumplir. Por lo menos, actuando contra el fantasma que era, despreciaba las delicias de su letargia. No podría decirse otro tanto de Europa: habiendo descubierto, en el límite de sus esfuerzos, el reino del no‑querer, se llena de júbilo, porque ahora sabe que su pérdida encubre un principio de voluptuosidad y se propone aprovecharse de él. El abandono la embriaga y la colma. ¿Que el tiempo continúa fluyendo? Ella no se alarma; que se ocupen los otros; es asunto suyo: no adivinan qué alivio puede hallarse en arrellanarse en un presente que no conduce a ninguna parte ...

Vivir aquí es la muerte; en otra parte el suicidio. ¿A dónde ir? La única parte del planeta en que la existencia parecía tener alguna justificación ha sido alcanzada por la gangrena. Estos pueblos archicivilizados son nuestros proveedores de desesperación. Para desesperarse basta, en efecto, mirarles, observar los procesos de su espíritu y la indigencia de sus apetencias menguadas y casi apagadas. Después de haber pecado durante tan largo tiempo contra su origen y desdeñado al salvaje y la horda ‑su punto de partida‑, forzoso le es constatar que ya no hay en ellos una sola gota de sangre huna.

El historiador antiguo que decía de Roma que no podía soportar ni sus vicios ni los remedios para éstos, más que definir su época, anticipaba la nuestra. Grande era, sin duda, la fatiga del Imperio, pero, desordenada e inventiva, sabía todavía, como contrapartida, cultivar el Cinismo, el fasto y la ferocidad, mientras que la que ahora contemplamos no posee, en su rigurosa mediocridad, ninguno de los prestigios que ilusionan. Demasiado flagrante, demasiado cierta, evoca un mal cuyo ineluctable automatismo tranquilizase paradójicamente al paciente y al médico: agonía en la forma correcta y debida, exacta como un contrato, agonía estipulada, sin caprichos ni desgarramientos, a la medida de pueblos que, no contentos con haber rechazado los perjuicios que estimulan la vida, rechazan además el que la justifica y la funda: el prejuicio del porvenir.

¡Entrada colectiva en la vacuidad! Pero no nos engañemos: esta vacuidad, completamente diferente de la que el budismo califica de «sede de la verdad», no es ni realizamiento ni liberación, ni positividad expresada en términos negativos, ni tampoco esfuerzo de meditación, voluntad de despojamiento y de desnudez, conquista de salvación, sino deslizamiento sin nobleza y sin pasión. Originada por una metafísica anémica, no sabría ser la recompensa de una investigación o el coronamiento de una inquietud. El Oriente avanza hacia la suya florece en ella y triunfa, mientras que nosotros nos enfangamos en la nuestra y perdemos, en ella, nuestros últimos recursos. Decididamente, todo se degrada y se corrompe en nuestras conciencias: incluso el vacío es en ellas impuro.

Tantas conquistas, adquisiciones, ideas, ¿dónde se perpetuarán? ¿En Rusia? ¿En América del Norte? Una y otra han sacado ya las consecuencias de lo peor de Europa... ¿América Latina? ¿África del Sur? ¿Australia? Parece que es por este lado por donde debe esperarse el relevo. Relevo caricaturesco.

El futuro pertenece a las barriadas periféricas del globo.

Si, en el orden del espíritu, queremos ponderar los éxitos desde el Renacimiento hasta nosotros, los de la filosofía no nos entretendrán, pues la filosofía occidental en nada prevalece sobre la griega, la hindú o la china. Todo lo más vale tanto como ellas en algunos puntos. Como no representa mas que una variedad del esfuerzo filosófico en general podría uno en rigor, pasarse sin ella y oponerle las meditaciones de un Sankara, de un Lao‑tsé, de un Platón. No sucede lo mismo con la música, esa gran excusa del mundo moderno, fenómeno sin paralelo en ninguna otra tradición: ¿dónde encontrar en otra parte el equivalente de un Monteverdi, de un Bach, de un Mozart? Gracias a ella, Occidente revela su fisonomía y alcanza su profundidad. Si bien no ha creado ni una sabiduría ni una metafísica que le fueran absolutamente propias, ni siquiera una poesía de la que pueda decirse que es incomparable, ha proyectado como contrapartida, en sus producciones musicales, toda su fuerza de originalidad, su sutileza, su misterio y su capacidad de lo inefable. Ha podido amar la razón hasta la perversidad; su verdadero genio fue, sin embargo, un genio afectivo. ¿El mal que más le honra? La hipertrofia del alma.

Sin la música no hubiera producido más que un estilo vulgar de civilización, previsto... Cuando presente su balance, sólo ella testimoniará que no se ha derrochado en vano, que había verdaderamente algo que perder.

A veces, le sucede al hombre el escaparse de las persecuciones del deseo, de la tiranía del instinto de conservación. Halagado por la perspectiva de decaer, zapa su voluntad, se ejerce en la apatía, se yergue contra sí mismo y llama en su auxilio a su genio malo. Atareado, presa de mil actividades que lo dañan, descubre un dinamismo cuyo atractivo no había sospechado, el dinamismo de la descomposición. Se siente muy orgulloso: por fin va a poder renovarse a sus expensas.

En lo más íntimo de los individuos, como de las colectividades, habita una energía destructora que les permite desplomarse con cierto brío: ¡exaltación ácida, euforia del aniquilamiento! Entregándose a él, esperan, sin duda, curarse de esa enfermedad que es la conciencia. De hecho, todo estado consciente nos desazona, nos extenúa, conspira en nuestro desgaste; cuanto más dominio adquiere sobre nosotros, más nos gustaría reintegrarnos a la noche que precedía nuestras vigilias, hundirnos en la modorra que precedía a las maquinaciones, al atentado del Yo. Aspiración de espíritus exhaustos y que explica por qué, en ciertas épocas, el individuo, exasperado de tropezar siempre consigo mismo, de remachar su diferencia, se vuelve hacia esos tiempos en los que, unido con el mundo, no había abandonado todavía a los restantes seres ni degenerado en hombre. Avidez y horror de la conciencia, la historia traduce juntamente el deseo de un animal lisiado de cumplir su vocación y el temor de lograrlo. Temor justificado: ¡qué desgracia le espera al final de su aventura! ¿Acaso no vivimos en uno de esos momentos en los que, sobre un espacio dado, nos hace asistir a su última metamorfosis?

Cuando paso revista a los méritos de Europa, me enternezco con ella y me reprocho hablar mal de ella; si, por el contrario, enumero sus desfallecimientos, la rabia me estremece. Me gustaría entonces que se dislocase lo antes posible y que su recuerdo desapareciese. Pero, otras veces, evocando sus títulos y sus vergüenzas, no sé de qué lado inclinarme: la amo con pesar, la amo con ferocidad, y no le perdono haberme forzado a sentimientos entre los que no me está permitido elegir. ¡Si al menos pudiera contemplar con indiferencia la delicadeza, los prestigios de sus llagas! Como un juego, he aspirado a hundirme con ella y he sido atrapado por el juego. Ningún esfuerzo me parece demasiado grande para apropiarme esa gracia que fue suya y de la que aún conserva algunos vestigios, para revivirla, para perpetuar su secreto.

¡Vano intento! ‑Un hombre de las cavernas embarazado por los encajes...

El espíritu es un vampiro. ¿Que ataca a una civilización? La deja postrada, deshecha, sin aliento, sin el equivalente espiritual de la sangre, la despoja de su sustancia, así como de ese impulso que la arrastraba a actos y escándalos de envergadura. Comprometida en un proceso de deterioro del que nada la distrae, nos ofrece la imagen de nuestros peligros y la mueca de nuestro futuro: es nuestro vacío, es nosotros; y encontramos en ella nuestras insuficiencias y nuestros vicios, nuestra voluntad insegura y nuestros instintos pulverizados. ¡El miedo que nos inspira es miedo de nosotros mismos! Y si, al igual que ella, yacemos postrados, deshechos, sin aliento, es porque hemos conocido y sufrido, nosotros también, el vampirismo del espíritu.

Aunque nunca hubiera adivinado lo irreparable, una ojeada sobre Europa hubiera bastado para darme su escalofrío. Preservándome de lo vago, justifica, atiza y halaga mis terrores, y cumple para mí la función asignada al cadáver en la meditación del monje.

En su lecho de muerte, Felipe II hizo venir a su hijo y le dijo: «He aquí dónde acaba todo, incluso la monarquía.» En la cabecera de esta Europa, no se qué voz me advierte: «He aquí dónde acaba todo, incluso la civilización».

¿De qué sirve polemizar con la nada? Ya es hora de serenarnos, de triunfar sobre la fascinación de lo peor. No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿De dónde surgirán? No importa. Por el momento, bástenos saber que su arrancada no se hará esperar, que mientras se preparan para festejar nuestra ruina meditan sobre los medios para volver a erguirnos, para poner punto final a nuestros raciocinios y a nuestras frases. Al humillarnos, al pisotearnos, nos prestarán la suficiente energía para ayudarnos a morir o a renacer. Que vengan a azotar nuestra palidez, a revigorizar nuestras sombras que nos traigan de nuevo la savia que nos ha abandonado. Marchitos, exangües, no podemos reaccionar contra la fatalidad: los agonizantes no se agremian ni se amotinan. ¿Cómo contar, pues, con el despertar, con las cóleras de Europa? Su suerte, y hasta sus rebeliones, se decretan en otra parte. Cansada de durar, de dialogar consigo misma, es un vacío hacia el que se movilizarán pronto las estepas... otro vacío, un vacío nuevo.

«Abêtissez vous», frase de Blas Pascal. (N. del T.).

agosto 03, 2006

GRACIAS

Hace unos días he publicado un post acerca de un amigo y compañero muy querido, Domingo, el cual por azares de esta injusta vida, se ha adelantado en el camino. En verdad que nunca pensé encontrar respuesta a dicho post, sin embargo la obtuve. Así que esto es para aquella persona que se ha tomado la molestia de agradecerme algo que en verdad no merezco, pues al contrario debo admitir que me sentí muy mal de no haber podido estar presente en el cortejo de Domingo; aprovecho este medio para extender mi más sentido pésame y hacer del conocimiento de todos que él era un muy buen amigo y siempre vivirá en la mente de quienes lo conocimos y nos dejo algo… Gracias.

EN LA MADRUGADA

Cuando en madrugadas de denso hastío sucumbe mi orgullo y se adorna mi alma con luciérnagas fosforescentes, puedo ver aún en eterna espera sobre tu mesa de noche, como un estrellado cielo negro titila incesante en tu vespertino vaso de agua a medio terminar. Y sin quererlo, luz de invierno se desborda de mi mirada sobre la piel ya anciana de tu cama, inamovible y fértil como árbol caído. Espejismo de humo blanco es entonces tu cuerpo desnudo a orillas del universo y tus pechos se me asemejan seductoras lunas paganas. Y aunque ya no me aguardan tus carnes, ni tiemblan por mí tus huesos, me rehúso a ser sombra y me creo aquel Dios inamovible, que en bohemia actitud se fuma tu espectro desde una isla secuestrada por el tiempo. He ahí mi soledad desgastada.


Y tú que ignoras cada palabra, sabes acaso que no has dejado de ser mi más grande dilema, cuando en la antesala del sueño, a ojos cerrados yo te imagino, diminuta y frágil doncella dormida. Es que fuiste todo y no eres nada, fuiste mucho o tal vez poco, más cuando menos te aguardo llegas a mí como una trampa, y me tiendes las manos como alas rotas. No te espero, te lo aseguro que te rehuyo, y sin embargo llegas dócil como una paloma herida, recostada en silencio sobre una frágil pluma. Sobre tus hombros, sobrevuela mi eterna melancolía y te impulsa a mi, para que de un suspiro aterrices en mi pecho, con las manos en los codos, cruzadas las piernas y enternecidos los ojos. Así, descalza como recorrías conmigo la playa y desenfadada cuando en la intimidad me besabas, pequeña niña prohibida, convocas a tu paso irreconciliables tristezas que van poblando el aire de mariposas blancas.


Oh cómo podré alguna vez explicarte en palabras, sin fruncir el ceño ni forzar una mueca, que después de ti, el paraíso es una utopía, mujer inasible tantas noches amada, de manos aladas y pecho amazónico. Cómo decirte que eres hoy, tan solo remembranza y sin embargo aquel cadavérico hijo nuestro que en plena tempestad lanzamos al mar, aún agita los brazos entre las olas. Te conozco y se muy bien que de cuando en cuando también me extrañas y que aquel reloj que te regalé aún ignora el tiempo y por ello ahora usas otro un poco más certero. Sé también que ya no lees nuestras viejas cartas, porque sabes tan bien como yo que igual que antes aún murmuran a viva voz nuestras estúpidas fallas. Pero qué se va a hacer, si así es el amor.


Y así me encuentra hoy la vida, arrodillado ante la inevitable incertidumbre de no conocerme y por ende desconocer al mundo, me encuentro ajeno, extraño confundido, con la existencia en un hilo que pende del olvido. Lloro a veces solo, lamentándome del hastío que la vida siente hacia mí. Un instante fue y nada más. Un pedazo de cielo entre tus manos que se perdió, dejando pedazos de azul entre tus dedos y amaneceres pintados sobre mi cuerpo. Y no sabrás nunca cuanto lo siento, ni sabrás tampoco que yo lloro a través de tus ojos cuando tú lloras, ni que persigo convertido en viento decembrino, cada tarde en que me sorprende la nostalgia, aquella dulce línea de inolvidables lágrimas.

agosto 01, 2006

HOY

Pues otro mes que se va. Que raros han sido estos días, comienzo de pronto a querer dejar correr los días como antaño, sin darme cuenta. Estoy casi a punto de regresar a otro semestre más y la verdad es que las dudas son muchas y pocas las respuestas, en ocasiones me llego a cuestionar tanto que llego a dudar si estoy sintiendo algo o es una pesadilla húmeda…

Por la mañana tengo que ir nuevamente al programa del maestro Mendiola, jajajaja, a hablar de Metafísica, pero no de la pendejada de metafísica de fantasmas y demás cosas paranormales, sino de la mera mera Metafísica, la del ser… espero no hablar de más, es que esos temas son centrales en la Filosofía y en verdad que lo que se diga al respecto debe ser muy preciso, pues algo de más puede cambiar totalmente todo el significado del discurso…

En fin, creo que se pondrá muy bien, por si lo quieren escuchar, sale al aire todos los martes a las 10:00 AM en Universo 94.9 FM, los que sean de fuera de Colima pues lo pueden escuchar por medio de la página de la Perversidad de Colima, www.ucol.mx le dan clic en donde dice universo fm o radio y sopas, el programa se llama “sonidos del pensamiento” 100% recomendado.

julio 29, 2006

R.I.P.

Como todo comienzo posee un final, aunque sea solamente en potencia, considero que la vida como comienzo de un ciclo más que pertenece a uno de orden mucho mayor, que es la naturaleza y este a su vez parte de la existencia; el fin siempre se asoma y nos hace recordar cuan finitos somos y que no podemos sino aspirar con nuestra gran herramienta, que es la razón, a ir más allá de nuestra mundanidad y sentir en carne propia esa extraña pero casi excitante sensación, la cual solo es equiparable con el orgasmo más “sensible” que podemos llegar a experimentar, esa sensación es precisamente el sentir que tenemos la capacidad de trascender, aunque dicha trascendencia solo se vea realizada o en potencia prima en nuestra mente. Es aquí donde los sueños, no los de la noche, sino los que más parecen utopías y por los cuales se nos puede llegar a llamar soñadores, toman forma y pasan de nuestra mente a la de otra persona por medio de nuestro diario convivir, en base a la experiencia del contacto, del hablarnos, del llorarnos y de todas esas “cosas” que podemos hacer sentir a los demás.

Dicho esto considero no tratar de estructurar una explicación filosófica, sino más vivencial acerca de lo que la muerte puede hacernos y cuanto intentamos por darle la vuelta o lograr una prorroga. Ayer por la noche una llamada fungió de parte aguas para lo que después consideraría como una “tragedia” más de esta vida sin sentido. Afortunadamente no me encontraba en casa y no me dejaron bien el recado, sin embargo el día de hoy, un amigo y el diario me han hecho participe de una noticia que me ha dejado pasmado y sin aliento por unos instantes. Domingo, quien era mejor conocido por su apellido “ZERMEÑO” había dejado la mundanidad y su cuerpo era solo eso, cuerpo, sin alma… como lo he mencionado antes, he quedado helado y sin palabras, Domingo cruzó su existencia con la mía hace algún tiempo en el equipo de futbol americano “Perros Colimotes”. Cómo olvidar ese “toro” que hacía recordar a la madre en cada tacleada… sinceramente espero que su muerte haya servido para aliviar su dolor tras su dura enfermedad. Si bien esto suena un poco seco, sin sentido, no es más que un intento de mi finitud por explicar algo tan extenso como la misma muerte. Descansa en paz y ten por seguro que se te recordará. Domingo Zermeño Cedeño

VISUAL...


LA CUMBRE




NUBES CELESTIALES




LA VIA... DOLOROSA?




OTRA VEZ LA VIA




LA IDA A VALLARTA

FESTIN PARA TU MALDITO EGO

La noche caía a plomo sobre la espalda empapada de sudor y de sangre, los lamentos podían escucharse a la distancia; un acto terrible se estaba llevando a cabo y tú eras parte… A los lejos las sombras danzaban felices, extasiadas, sublimes, fundidas en un furor casi demoníaco. A la distancia una luz se vislumbraba y se aproximaba lentamente al lugar, las sombras corrieron, huyeron. Al llegar la luz, un cuerpo yacía desmembrado sobre una cama. Los restos podían distinguirse con dificultad, los brazos tirados detrás de la puerta, una pierna sobre la mesa, la cabeza ensartada sobre el porta paraguas, los ojos debajo de la cama, pero algo hacia falta, en el tronco abierto de par en par había un hueco del tamaño de un puño, la sangre aún escurría caliente, liquida…

Salta a la vista que hace falta el corazón, ¿se lo habrán llevado las hormigas? Tal vez, sólo espero que no haya salido detrás de ti al descubrirse expuesto al mundo exterior.

julio 25, 2006

NUEVE MESES...

Hoy hace nueve meses… el tiempo pasa volando, más no así la existencia, la cual está estrechamente ligada a él, pero no lleva la misma escala de velocidad, la existencia es lenta, petrificante, dadora de grandes penas y dolores. Así mismo, la experiencia que se va acumulando en el paso de esta mundana existencia, solo sirve para una cosa, frustrar los anhelos del yo hacia la muerte…

HOY ES OTRO DÍA MÁS COMO CUALQUIER OTRO DÍA NORMAL...

Hoy fue un día sin precedentes, un muy buen amigo contrajo nupcias con su antes futura esposa, la cual hace unas horas es la nueva señora de… en fin, me la pasé muy bien y más porque me tocó ser testigo de dicha unión. Después del acto civil nos dirigimos a comer a “las adelitas”, restaurante al que acudimos a comer cuando le dimos promoción a nuestra facultad y que la universidad pagó toda una semana de comidas ahí; una vez terminado el acto nos fuimos a “casa vieja” a seguirla, aunque no tomo, pero nos echamos unas naranjadas y seguimos llenando la tripa con mucha botana, después nos jalamos cada quien para nuestras respectivas casas y se acabó un día como cualquier otro, solo que gracias a la firma de un papel, mi compa está en contrato civil a partir de hoy, jajaja, suerte canijo y échale ganas…

julio 23, 2006

SÏ, A TI...

Hace unos días te he encontrado de la mano de alguien más, no me sorprende en lo más mínimo, sin embargo me asusta y avasalla el hecho de sentirme así, tan lleno de emociones tan diversas como los mismos pensamientos. Ignorando el hecho de que por alguna extraña razón quisiera verte debajo de las llantas de un automotor y de que tus entrañas fueran exhibidas en lo alto de la catedral, nada puede hasta este momento quitarme esa imagen tuya que forjaste a base de cariños y gemidos que sucumbían con la llegada de un nuevo amanecer.

Aunque a veces mis últimos minutos de vigilia suelen ir contigo, no dejo de pensar en mí, en todo lo que pudo pasar si tan solo te hubieses tomado la simple molestia de mirarme a los ojos aquel día y no decir nada, simplemente encajar la brillante hoja metálica de doble filo que a atravesado mi ingenuo corazón. Ahora bien, no pudo negar el hecho de que en ocasiones quisiera correr detrás de ti y pedirte que cierres los ojos y extiendas los brazos cual alas y me dejes ser el viento que estremezca tu jodida existencia, que me dejes llevarte a horizontes lejanos donde nadie pueda vernos, a lugares soñados por la más vil de las mentes humanas y profanar tus labios una sola vez más, que me permitas sentir esa presión de entre tus piernas, que tan solo me dejes sentir tu húmedo sexo y poder degustar el jugo de tu dulce durazno ardiente.

Pero en fin, creo que no puedo más que articular palabras… y sí, sí es para ti…

julio 22, 2006

ANGUSTIA, SOLEDAD, DESAMOR, FILOSOFÍA, VINO TINTO Y UN ARMA,, INIGUALABLE SITUACIÓN PARA PERDER LA RAZÓN... S.M.S.H. R.I.P

Finalmente una tarde a finales del invierno, volcó su escritorio, quebró una silla, y amontonó todos sus libros, cuadernos, exámenes viejos, en una pequeña colina de papeles en medio de su alfombrado apartamento estudiantil.

Se emborrachó con vino rojo español, y con la ventana cerrada y las cortinas bajas para no ver la luz del atardecer, le prendió fuego a su futuro, a la foto de su familia, a la sociedad entera que lo había condenado a ser una porquería viviente.

Se sentó al lado del calor con los ojos deslumbrados y vivaces por el alcohol y semejante juego de luces, y con la botella en la mano y la camisa empapada de sangre de uvas, sonrió con un placer casi orgásmico. Tuvo tanto desprecio de la muerte, que hasta cantó un par de canciones populares del verano pasado, antes de reconocer su próximo suicido y su inútil alegría.

Una llamarada enorme dibujaba en las paredes blancas, sombras negras. La habitación se llenaba de humo y de las cenizas aún rojizas de sus libros flotando como luciérnagas. Descartes volaba incinerando la razón, Heidegger danzaba al unísono con el tiempo, Nietzche vitoreaba a su superhombre embriagado y derrotado por la vida, pero más que eso, derrotado por el olvido y ese vacío que llenaba toda su maldita y desgraciad vida. El olor a plástico quemado de la alfombra azul en llamas se volvía insoportable. En las tinieblas del incendio, el fuego devorador se expandía sin control.

Sentía sus pulmones a punto de explotar. En el último momento sintió miedo a morir, y un instinto de supervivencia se asomó a su mente cansada. Pero sabía que ya era tarde para cambiar de opinión y quería morir como un valiente.

Tosió fuerte un hilillo de sangre y se le nublaron los ojos llorosos por la asfixiosa ansiedad de oxígeno o quizás por una razón más profunda. Gritó con todas sus fuerzas un reclamo a Dios. Y enseguida tomó el arma que había comprado el día anterior, y al volverse insoportable el dolor de las quemaduras en sus pies, apretó el gatillo.

Fue un disparo seco que retumbó en todo el edificio. Y después sólo silencio. Pedazos de papel quemado revoloteaban como mariposas negras alrededor del cadáver. Un río de sangre sofocaba las llamas, el calor de sus carnes fue cesando poco a poco, la razón aún viva, se preguntaba por qué la voluntad había hecho caso omiso de su orden precisa, por qué el espíritu humano anhelaba ansiosamente terminar con ella, la razón, siendo que su esencia era ser racionalidad. Apenas pudo preguntarse y la luz se fue haciendo tenue hasta el punto de cambiar a oscuridad. Al ver el último chispazo de luz, gritó con las pocas neuronas vivas: ¿por qué nos condenas a querer perder la razón?

A TI... QUE TU DESEO SE IGUALA CON TU EGO PORDIOSERO

Al atardecer, ella llega a casa y cuelga sus pechos chiquitos, sin madurar aún, encima de una silla. A veces, saca hilo y aguja, y remienda un poco los poros. Sus nalgas, las deja aletear libres bajo la ducha, y si no cerrara bien la ventana, saldrían volando encima de los tejados. Ya satisfecha y sin carnes, se acuesta en la cama para la siesta.

Una hormiga queda atrapada en su ombligo. De cada poro de su piel se evapora una lágrima roja.

De noche sale a caminar por la ciudad, con el vestido al viento como una bandera, delirante. Los hombres le eyaculan precozmente piropos vulgares al oído y la mente se le inunda de semen transparente como la niebla. Entonces siente por instantes como sus pezones fosforescentes se encienden y se apagan como luciérnagas después de la lluvia.

Tiene una fobia muy singular. Le da miedo que el sexo se le caiga de repente, al cruzar una esquina, y pase un perro hambriento y se lo lleve entre el hocico para la cena. Por ello con la mano izquierda se agarra con fuerza entre las piernas. Con la otra mano, se restriega un seno.

Vive en la angustia de que las nalgas se le pudran, como manzanas que se han dejado mucho tiempo sin comer. Que las tetas se le caigan del cuerpo, ya maduras de colgar, que un gusano se le meta por un pezón y la haga llorar pus. Ideas que la atormentan.

El deseo de los hombres la sofoca tanto, que a veces quisiera deshacerse de él como de un brassiere muy ajustado, para respirar mejor. Ah, la sensación de las tetas al aire. En su delirio imagina, que en cada seno, yace dormido un niño erecto. Se acaricia con furia para hacerlos orgasmear. Una catarata de saliva le baña la espalda.

Nunca ha sido egoísta. A veces sueña con despedazarse el cuerpo a pedacitos, con un tenedor y un cuchillo y arrojarse entera a todos aquéllos que la desean al caminar. Pero le disgusta usar cubiertos a la hora de comer.

Decide morir desangrada, martillándose el sexo.

julio 21, 2006

REFLEXIÓN ENTORNO A TI...

En tus brazos creí pertenecer, y tus labios me daban aquel confort que jamás imaginé. Contigo me sentí más grande que el ser y el tiempo, capaz de ser más profundo que el silencio. Tu cariño fue fértil tierra para tantos ideales.

Más cambiaste demasiado, y sin saberlo, dejaste un daño tan profundo dentro de mí, que hace de tu recuerdo una herida absurda. La noción de patria, para mi se ha borrado. Te di demasiado, y peor, no has podido pagarme con cada uno de tus nuevos pasos y tu ironía para justificar tal actitud con quien tanto te quiso.

Adiós diminuto rincón del mundo, adiós a aquel regazo de plumas entre tus pechos, que tanto amé. No volveré a sentir por ti la paz que alguna vez sentí. Por amar el cielo limpio y los prados verdes en tus ojos, un tiempo te pensé distinta, mas las ciudades que guardas por dentro se asemejan demasiado a las ciudades que he recorrido a pie conversando con otras personas, lejos de tus costas. Cuanto me equivoqué. Eres lo mismo, en tu cabeza juegan al amor las mismas mujeres, los mismos hombres, las mismas costumbres, los mismos vicios, las mismas apariencias de ostentación. Patria no eres tú, patria son tan solo mis pies y mis manos. Hogar es tan solo mi corazón. Yo no quiero la superficialidad de creerte digno de mí. Fuiste droga nada más. No te exijo nada, por más que te quise, yo a ti ya nada te debo. Todo te lo di, siempre estuve ahí. Y cuando yo te necesité más, me diste la espalda.

Por qué no decirlo, que me amaste también. Pero tu amor fue cruel, yo no quise ese amor, quise otro amor, que no sabría explicarte, que comprenderías si tan solo lo hubieses sentido alguna vez. Quise un amor que fuese más fuerte que la razón, llegado el momento en que él y la razón desacordaran. Basta ya: no hubo amor donde demostraste tanto egoísmo. Amar es estar dispuesto a dar la vida, arriesgar por creer en el cielo. No quise un amor mancillado de todas las facultades despreciables que los hombres sensatos admiran. Debes saber de una vez por todas, que yo no comprendo el amor de esa manera; que no quise una vida así; para mí, el amor es previsión de lo futuro, adivinación de las penas que nuestras alegrías podían causarnos, disposición de corregir y dar más, facultad de seguir la conciencia pura, de encontrar juntos el principio mismo de la vida. Quise una sensación frenética y a la vez estabilidad para hacer los sueños realidad. Tú solo quisiste emociones, y por ello te ha sido fácil soltar mi mano. Te guardo rencor porque me hiciste amarte demasiado, tan solo para verme caer. Tenerme ha sido para ti tan solo un capricho.

Creí encontrar en ti, una mujer que me revelaba la grandeza de la creación, que me hacía luchar por la justicia y la verdad. Alguien en quien confiar, compañera de aventuras y desventuras. No imaginé jamás que fueras tan solo falsas promesas envaneciendo mi alma, palabras al viento. Creí encontrar en ti más que un abrazo una comunión, alguien que sabía amar lo bueno por ser bueno, que amaba el talento de los sentimientos, que aceptaba las revelaciones de la fantasía más allá de la razón, que no profanaría jamás la pureza de un gran amor, de quien nadie jamás podría reírse de su virtud.

Te pensé mi gloria, y fuiste a la larga tan solo perdición. Me has herido demasiado para creer que volverás. No se si te querré de vuelta. Hoy abandono cualquier anhelo de encontrar el amor, el camino ha demostrado ser incorrecto. Mañana dejaré que se me vaya la felicidad, un día también la vida. Vivir es sólo una costumbre. Se muere según se vive. Si vivo mediocremente, moriré como un mediocre. Después de todo, no sé qué quisiste tú, pero yo quise morir soñando contigo inmensidades.

Que me juzguen algún día todos aquellos que me miran con sus ojos entornados de incomprensión. Jamás habrán sentido tu desprecio, jamás habrán sabido de todo lo que creí en ti. Que digan tan solo, un día nació un hombre, que amó la verdad, que anhelaba la justicia, que buscaba la ventura en el amor. Su error fue su entrega y su inocencia. Su fracaso fuiste tú.

Alguna vez pretendí perfeccionar este mundo tan caótico, moldearlo a mi manera, pintártelo de los colores que más te hacían sonreír. Tú amaste mi locura bajo las sábanas, fuiste viento bajo mis alas y hoy pretendes que vuelva a ser un hombre cualquiera y haga lo que un cualquiera, que busque honores, posición, riqueza. Esperas que sea banal y te borre con besos devaluados, como haces tú. Mas el otro yo que asesinaste, me calumnia en silencio, me culpa de los crímenes que quise evitar. Tú estás bien, yo estoy mal... sigue así, está claro que el fracaso ha sido solo mío. Ya que no aprendiste a valorar a nadie más que a ti misma, es que tú nada has perdido.

Y porque no me dejas más alternativa que dejarte ir, caigo en el desprecio de mí mismo, y esta angustia de amarte tanto es la que me causa la muerte.

julio 15, 2006

A DÓNDE ME LLEVA EL AMOR...

Había parado la lluvia. Un rayo caluroso dibujó en su rostro una sonrisa. Sus ojos me suplicaron. Y luego un beso. No pude negarme. Conocía tan bien mis debilidades. Primer dia de sol despues de semanas. Salimos a caminar, de la mano. Un rastro de pan iba marcando el camino por el cual regresar. Nos detuvimos a recoger moras. Una flor adornaba su pelo. Los animales salían a su paso. Le dije que se veía hermosa. Danzaba a mi alrededor con su vestido violeta. Cantábamos nuestra canción, nos escondíamos detrás de los árboles. Me daba besos. El tiempo avanzaba acariciando nuestras sombras. Recuerdo el cosquilleo en el pecho. La felicidad.

Sin darnos cuenta nos sorprendió el atardecer. Oscureció de repente y los animales huyeron a refugiarse. El silencio nos sorprendió en un último te amo antes de irse la luz. Era la hora de regresar. No habíamos almorzado más que frutas silvestres, y el hambre ya me atormentaba. Al querer volver sobre el camino de boronas que habíamos dejado, ya no estaban. En nuestra inocencia, perdimos el rastro. ¿Donde estábamos? ¿Adónde nos había llevado el amor?

Sus ojos me pedían respuestas. Y yo no las tenía. Nos sentamos a la orilla del camino. Ella lloraba entre mis brazos. Los árboles se mecían como gigantes agitados. Hace un momento ella danzaba a mi alrededor. Cantábamos nuestra canción. Ahora empezaba a lloviznar y estrellas azules titilaban en el cielo negro. La cubrí con mi cuerpo, decidimos encontrar la manera de salir de ahí. El viento saludó nuestra iniciativa con un susurro misterioso. Caminamos.

Pasaron las horas. Caminamos más. Aún estábamos perdidos. La misma oscuridad, los mismos árboles. Ella abrazada a mí. Nos empapaba la lluvia. Desolación. Tenía los pies adoloridos. Sentía frío. Ella tenía miedo. Y de repente vimos luz. Una casa con chimenea en medio de un claro. No había sido en vano. Y ella me sonrió. Y todo el esfuerzo lo valió. Nos acercamos, y un olor a repostería nos sedujo, con la sensación de hogar. Nos dimos un beso, y tocamos a la puerta. Una abuelita de cara bonachona nos abrió y nos invitó a pasar, mostrándonos sus dientes dorados.

.....

Cae la noche, las tinieblas nublan mis pensamientos. Aún sigo atado a la misma silla. Siento pedradas incesantes en el rostro. Talvez sea un martillo, más ya no siento dolor. Agonizo. Gotas de agua caen sobre mi pecho. Alguien llora. Pienso en ella. ¿Estará bien?

Yo estoy sangrando. Mariposas negras aletean a centímetros de mis ojos, sin dejarme ver. Mi cerebro se dilata agitado, mi cuerpo es una torre inmensa donde cada segundo que pasa, se suicida un ser imaginario. Los veo a mis pies, hombrecitos muertos con el estómago abierto, amontonados. El miedo es una soga que cuelga de mi cuello, y me asfixia. ¿Estoy siendo asesinado?

Sangre verde se derrama por mis oídos, y hormigas enormes carcomen las heridas abiertas en mis labios. No se dónde estoy. Lombrices oscuras nacen de mi frente, siento un cuchillo escribiendo mi nombre en mi espalda desnuda. Mi piel se abre vomitando sangre y tejidos, un demonio se abre paso entre mis carnes. Mis pies ya no sienten la tierra debajo, solo la humedad. Clavos herrumbrados traspasan los huesos con que caminaba.

La soga me asfixia. A unos pasos de mí, una encorvada anciana está sentada en una mesa, una luz amarilla la ilumina levemente, está comiendo con cubiertos de plata. La veo cortar un pedazo más de mi brazo amputado, se lo lleva a la boca. Me sonríe. Mi sangre le adorna las esquinas de la boca. Siento frío. Una inmensa soledad se apodera de mí. Ahora entiendo.

Alguien llora. Canto nuestra canción. Muero.

PRD Vs PAN = PNBD

Vs/+

=
PARTIDO NACIONAL BORREGUISTA DEMOCRATA



En pasados días, como todos sabemos, se llevaron a cabo las elecciones para decidir Diputados, Senadores y Presidente de nuestra bella y prostituta república. Como todos sabemos el ring tardó muchos meses en ponerse, pero una vez puesto la batalla por el hueso comenzó. Las ciudades comenzaron a pintarse de muchos colores y la contaminación se podía ver en todos los postes y espectaculares de todos los estados, también en los comerciales de la caja idiota (TV) y en la radio el bombardeo de vota por mí eran un verdadero fastidio. Lo bueno es que todo eso ya terminó y pues, como todo buen mexicano, el PEJE, mejor conocido como AMLO o Andrés Manuel López Obrador, perdió la elección a la presidencia y ahora va a impugnar la elección. Vaya, ese güey si que es mexicano, no sabe perder y aparte quiere encontrar chanchuyos macabros…

Por otra parte, el pleito de marchantes que vivimos por unos cuantos meses, que parecían años, nos deja claro que el negocio de la Política hoy en día está muy ad hoc, tienes fuero, pensión pesuda, acomodas a toda la familia (creo que de aquí viene ese lema de “viva la familia”), haces que chambeas y nomás cobras por andar de pedo, bulero, puteando, no, no, no, les digo que eso de la Política es el mejor “bisne” que pueda haber, sino pregúntenle a los candidatos, que aparte de tener su futuro asegurado, todavía querían más. No es que sea mal vibrado con eso de la Política ni mucho menos, pues yo iba a votar muy feliz y resulta que cuando llegué a la casilla ya la habían cerrado, sí, la cerraron a las 5:30, cuando se supone que debía ser a las 6:00, en fin, gajes del oficio.

También es bueno comentar eso del PRI, que nomás no duro para el arranque, le dieron feo y tupido, simplemente vean los votos que obtuvo, el güey de Madrazo no pudo más que decir ni pedo. La Patricia Mercado también se fue mucho al caño, la verdad yo esperaba que al menos le fuera mejor, pero ya veo que las mujeres en nuestra prostituta república no abren los ojos, le siguen dejando el poder a los machines, jejejeje, y el dr. simi, por Dios, ese cabrón panzón, pariente de bubba el de star wars, no mamen, de veras que se pasa: “para servir a Dios y al pueblo”, suficiente tenémos con la pinche religión que tantos pedos nos ha traído con su lema de: así lo manda Dios. Por favor.

De los demás candidatos mejor no hablar, mejor nos quedamos calladitos y solo les tiramos caca a los de arriba, que es más cómodo. Ahora bien, si hicieran una alianza el PAN y el PRD, podríamos obtener un tercer partido, el PARTIDO NACIONAL BORREGUISTA DEMOCRATA, a chinga, me quedó de peluche el nombre, jajajaja, y el logo imagínenselo, de todos modos está en la parte superior.

En lo que respecta a mi estado, debo comentarles que como siempre, los perros hambrientos de siempre pelearon el poder, ya saben, por el PRI, esa familia tan conocida, por el PAN, Coño Morales y compañía, mejor ya ni hablamos de política, mejor nos la curamos y nos vamos haciendo a la idea de que GANE QUIEN GANE, NOS VA A LLEVAR LA PINCHE CHINGADA Y NADA LO PUEDE EVITAR, EXCEPTO LA MUERTE.

No me podía ir sin tirarle caca al cardenal, Norberto Rivera, que en todos los pinches moles anda, menos en la iglesia, debería el gobierno de meterle impuestos bien cabrones a esos güeyes, para que sepan lo que es amar a Dios en tierra ajena.


Miren nada más, papada de bien alimentado, como no, si te alimentan los pobres mexicanos ignorantes; mantenido, ladrón, metiche, lengua larga, pederasta, defraudador y para colmo de la marea roja del PRI, acabaramos...


VISUAL

Algunas fotografías de los lugares a los que vamos y de algunas otras tantas cosas.



un acueducto




un ferri que lleva trabajadores




el arco y yo




cerro grande con nubes





el interior de un acueducto


MI MENTE VA HACIA TI UNA VEZ MÁS...


Ignoraste que para ti, yo fui volcán caribeño y eructé islas, y alimenté bosques enteros con mis lágrimas. Te mataste. Y en mi épica búsqueda de nuestra absolución perdí el ojo derecho en una gran batalla y recorrí transmutado en cíclope, colinas monstruosas de carne ardiente. Por orgullo incomprendido me dejé crecer la barba y redescubrí el fuego siendo un neandertal, y en mi vanidad adoptiva prendí mil fogatas en la oscuridad y reclamé posesión de cavernas salinas jamás desvirgadas. Después adorné con calaveras sangrientas un recodo a orillas de la selva y me vestí con pieles felinas para ser mi propio rey.


Cuando quise ser fino, como tú exigías, me creí conde rumano y habité en mujeres de pechos firmes que asemejaron castillos inderrumbables. También fui libre y rebelde como un pez espada y nadé contracorriente alborotados ríos de humedad femenina. Más cuando la nostalgia quiso me condenaste a ser velero y naufragué tristemente sin bandera ni capitán, en densos ojos azules, que en mi recuerdo, adquirieron profundidades infinitas. Enjaulé sirenas de cabellos dorados y collares de perlas y las obligué a cantar como tú lo hacías. Fui soldado sin nombre para conocer la guerra, mas censuraste mis ideales y me dejé matar, y mi lealtad en la batalla fue eternizada en una estatua de bronce para que me cagaran desde el aire las palomas negras que me enviaste sin mensaje cada tarde. Para purificarme de tus venenos y volver a besar como yo solía, probé la flor de loto en las costas africanas, y olvidé aquel viejo mundo soñando con panteras blancas. Por odiar aquel sol que eternizaste en mi firmamento, me hice Dios y reinventé el cosmos, y sembré en mi oscuridad millones de estrellas nuevas que para mi infortunio no alumbraron igual. Avergonzado de mi fracaso y para no dejar testigos, atrapé la luna entre mis manos y la ahogué sin piedad bajo mi almohada fría, una noche en que mi violencia pudo más que la apatía.

Y pasado ya casi un fatídico año desde que se echó la suerte, aquí persisto frente al mismo laberinto que de tu abandono heredé. Sin encontrar respuestas a mi vital fatiga, ni nuevos caminos para esquivar la nostalgia. Tan solo me queda la terrible certeza de no querer volver a verte en esta vida, por el aciago temor de que sea posible, que aún yo siga locamente queriéndote, a pesar de que ambos sepamos que aún el amor más funesto, jamás será más fuerte que la misma muerte.

julio 13, 2006

"LOCO ESTEPARIO"

Lo llamaban loco, porque vivía en la confusión y odiaba el orden, y creía que el amor lo podía todo. Tenía miedo del mundo, más que de la soledad. La sociedad no le gustaba, y las personas a veces lo atemorizaban más que la muerte.

No confiaba en el ser humano, ni en las apariencias, ni en las palabras, ni en la revolución comunista, ni en la llegada de un Mesías que cambiara todo. Odiaba las formulas para el éxito y pensaba que la paz estaba en el silencio, en la naturaleza y en la mirada de fidelidad.

Hubiese preferido haber vivido hace diez mil años y venerar un Dios diferente cada día, ponerle nombre a las cosas y no haberlas heredado ya nombradas. Una cueva, una cama de paja y plumas, y una mujer caliente como un carbón encendido, a falta de cobijas de algodón. Cocer las truchas recién pescadas en una fogata al aire libre. No usar pantalones ni medias. Comer sin tenedores ni servilletas. No necesitar palabras ni anillos ni abogados para decir te amo, te amo para toda la vida, ven, déjalo todo mi amor y vive conmigo de una vez por todas.

Imaginaba correr desnudo por el campo recogiendo moras y flores para adornarle el pelo a ella. Libres como ardillas o como mariposas. Y a veces ser, como una pareja de conejos en un prado verde, en plena primavera.

Pasar todos los días de la mano, sin obligaciones con el prójimo, sin suegras que convencer, sin autos importados que comprar un día, sin necesidad de títulos para vivir, sin tener que ganarse el falso respeto de nadie, ni temer la mala envidia del otro.

Libre de hacer el amor a su antojo con su mujer, de ser feliz, de vivir cada día bajo el sol, bajo la lluvia o bajo la piel de ella. Ella, siempre ella, en su cabeza.

Vivir, sin pensar en el qué dirán, sin recordar el pudor, ni la moral, ni el recato, ni la discreción, ni el dinero, ni la maldita realidad. Libre de vivir su vida... con ella; con ella sólo para el. Y un día cualquiera, sentarse bajo un almendro con un puñado de hijos dispersos como semillas y contarles un cuento sin tiempo, donde el príncipe azul y su princesa se escapan cabalgando de luna de miel y nunca vuelven.

Vivir los sueños a como van naciendo en el corazón, sin esperar. Porque, a pesar de todos los miedos que hemos heredado, todo momento es oportuno, si se tiene valor -pensaba en voz alta. Y es una lástima la debilidad que carga el ser humano, que lo hace esclavo de su propio mundo. Dame tu mano y no la sueltes. Vamos a recordar que la vida es un viaje, que no hay mas allá -susurró extendiendo su brazo hacia ella.- Y cada día se nos da la oportunidad de amar más, crecer por dentro, yo en ti, y tu en mi, y así comprender dichosamente, aún menos, el sentido de este universo. -

Y ella le dio, su mano y un beso. Y entre las sábanas se desnudó, y amó su locura. Y en sus ojitos enamorados, pudo ver al final del orgasmo, conejos amándose y mariposas revoloteando en el infinito transparente de una lágrima.

Sin embargo le seguían llamando loco. Él no lograba comprender, hasta que un funesto día, alguien se le acerco y le dijo al oído: -te llaman loco porque no logran comprenderte, te llaman loco porque eres capaz de hazañas increíbles e inmortales con tu mente, te dicen loco porque amas cuanto se puede amar, te dicen loco porque quieres conocer todo lo conocible, te dicen loco porque te llaman filósofo, t llaman loco porque te haces llamar Mauricio Soriano…

CRIMEN...

…de pronto la puerta se abrió de par en par dejando ver una tenue silueta, ella, bañada en sangre, aún sostenía el arma homicida.

El cuerpo yacía boca arriba con el pecho abierto, cortado con una precisión quirúrgica, los ojos aún podían voltear, la sangre brotaba a borbotones, las manos atadas no podían más que apretar los puños, las piernas, que corrían la misma suerte, temblaban acalambradas de tanto dolor; la boca murmuraba palabras de amor…

Ella no podía contener la expresión en su cara, de gusto, de placer, de gozo, de pronto se inclinó y con el más dulce sentimiento, besó los labios de aquella boca murmurante, y le dijo algo al oído: el verte así me produce una gran excitación, estoy tan húmeda que no puedo contenerme. Sin pensarlo se desnudo y se posó sobre el, con el sexo mojado comenzó a hacer un movimiento de vaivén, los gemidos podían atravesar las paredes de concreto. Por fuera de la habitación podían escucharse. Extasiada en un acto casi repulsivo tuvo el descaro de pedir más y más y con voz fuerte repetía que era bastante rico. Mientras tanto, él no podía más que hacer su mejor esfuerzo por tratar de ser complaciente. Al fin llegó el clímax y quedó sellado con un gran espasmo acompañado de una humedad que se dejó sentir por todo su sexo.

Ella se despidió con un beso en la frente y salió de la habitación como si nada hubiera sucedido, dejando tras de sí un sentimiento de tristeza en aquel casi cadáver por su partida.

Al girar la cabeza y mirar al espejo, él se pudo dar cuenta de que no era un extraño, sino por el contrario, se descubrió así mismo, quien contemplaba como ella le habría el pecho y le sacaba el corazón para estrellarlo contra el piso y arrojarlo a las fauces del olvido, que aquella arma homicida era el engaño y el hastío que ella sentía por él y que las manos en verdad no las ataba una soga, sino el profundo amor que sentía hacia ella y las piernas acalambradas no servían para escapar, pues mientras el cuerpo pedía el fin de esta tortura, el corazón pedía que se quedaran inmóviles sin correr.

Aquella boca que murmuraba no hacía más que pedir perdón por algo que no había hecho. Pero qué sucede, al llegar al clímax me doy cuenta que ese cuerpo es el mío, que todo aquel ritual no está sucediéndole a un tercero, sino a mi y no hago por huir, maldita sea la hora en que te permití empuñar el arma, maldita seas mil veces, maldita seas mientras repitas cada noche el sangriento ritual que no borra de tu cara esa expresión de jubilo y que viéndome casi cadáver, no dejas que corra y te montas sobre mi para exigirme algo que no puedo darte, maldita seas.

julio 10, 2006

POST UPDATE ELECTRO SINTETICO...


Después de unos cuantos días de ausencia, creo que es justo una buena actualización… Primero que nada, les comento que ya decidí lo de la horquilla para “la demoniaca”, se queda la rígida, para salir a hacer un poco de ruta y entrenar… le he metido una buena lana, pero considero es justo, pues los beneficios obtenidos son bastantes y ha pasado a ser un buen entretenimiento, aparte de que conozco mejor mi ciudad y sus caminos.

Por otra parte, ya estoy de vacaciones, al fin terminó el semestre, que bien, no tengo ordinarios pendientes, pero por ahí quedan detalles con Metafísica, Ingles y Lógica contemporánea, a los cuales daré solución en este mes.

También me hice de unos buenos discos; HORROR PLACE (tercer proyecto de ZIK, MATUTERO) este es un psytrance muy bueno, oscuro, poderoso, posee un beat asombroso y es altamente recomendable; GOD IS AN ASTRONAUT que es un post rock electro sintético muy bueno, con una bateria en ratos arrítmica, unas guitarras muy bien trabajadas, un sintetizador muy bien explorado y explotado, me recuerdan a ARCHIVE en su penúltimo disco, altamente recomendable para esos momentos previos a un encuentro deportivo para calmar los nervios y también para estar a la orilla del mar, también para un momento de intimidad con la pareja; H.U.V.A. Network es otro proyecto muy bueno de down tempo, pero es más un ambient muy bien elaborado con sonidos etéreos, un beat oscuro que proporciona una atmósfera idónea para sesiones de buen sexo a la luz de las velas; ahora que si lo que quieren es perder la razón por unos minutos, les recomiendo ampliamente a 65 DAYS OF STATIC, quién con sus guitarras harto progresivas, el sintetizador, los secuenciadotes, caja de ritmos y batería muy bien combinados, dan a luz a un sonido estremecedor, penetrante, profundo, que transporta a lugares de la conciencia muy pocas veces explorados. Sin lugar a dudas un grupo para escuchar mientras se observa llover, acompañado de una habitación oscura, un café y la insaciable e inevitable melancolía por los días que no volverán y también por ese gran hueco que se siente cada vez que caemos en cuenta, una vez más, de que esta vida es sólo un camino hacia la inevitable muerte, ese, amigos míos, es el vacío existencial que se yergue sobre nuestros hombros y nos carcome la existencia… ahora es el turno de GRYPHON, grupo de rock progresivo muy ad hoc para la época del 70, de aquellos años en los que en verdad se hacía música, no como ahora, que escuchamos porquerías como MIRANDA, CRISTINA AGUILERA, PANDA, los intentos raquíticos de DELASONICA, o los ritmos pendejos del “REGUETON”, no mamen, como si quisiéramos más basura en nuestras inútiles vidas… que ironía, todo comenzó como un post muy lindo entre caballos de mar, hadas, duendes y bombones y termina siendo una total mal vibre sobre la música idiota de nuestros días, terminó levantando quimeras…

Pues los dejo, voy a visitar a Morfeo.

A propósito, hoy fui a un bautizo, jajaja, me la pasé muy bien, comí birria hasta hartarme y me deleite la pupila un rato, pero lo mejor de todo fue el cierre, definitivamente, no hay nada como los momento sutiles en los que dos almas se rozan mutuamente y dejan ver que el mundo no está tan tirado a la mierda, sino que somos nosotros los que no somos bienvenidos en él…

Ahora unos avances de "la demoniaca" y un colado comiendo pizza...



"la demoniaca" reposando en la mesa de trabajo


una vista lateral



el Neri aplicando "el colegio" a su tia con cara de coño tirandose un soplo...




el cuadro y algunas de las piezas




otra vista lateral

julio 05, 2006

LA DEMONIACA


el cuadro GT de cromoli





uno de los rines aerodinamicos de aluminio


El día de hoy fui a preguntar acerca de la horquilla para mi bicicleta, lo que aún no termino de decidir es si comprar una suspensión pro o ponerle una rígida para hacer ruta para entrenar y agarrar condición para las salidas largas que se suelen presentar.

Les comento que mientras utilizo una bici del Neri...

Les dejo unas fotos de “la demoniaca”…